Cine

Mulholland Drive: La obra maestra del cine surrealista

Celebramos los 75 años de vida del aclamado director David Lynch repasando una de sus cintas más cautivadoras e inquietantes

Por: Ramon Flores

La cinta aún se mantiene como uno de los más grandes enigmas en la carrera de Lynch. Foto: Universal Pictures(Universal Pictures)

La cinta aún se mantiene como uno de los más grandes enigmas en la carrera de Lynch. Foto: Universal Pictures | Universal Pictures

Cualquiera que esté levemente familiarizado con el trabajo de David Lynch sabrá que cada nueva entrega, sin importar su formato y presentación, está plagada con una infinidad de simbolismos y referencias que dan la impresión de estar diseñadas para el único entendimiento de su autor.

Curiosamente, esto le ha convertido en el foco de atención de una gran cantidad de críticos, académicos y espectadores causales que no pueden evitar sentirse seducidos por los ambientes surrealistas que Lynch construye con tanta facilidad, siendo uno de sus trabajos más homenajeados y estudiados su drama de misterio estrenado en 2001: “Mulholland Drive”. 

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La película da comienzo con la llegada de Betty Elms (interpretada por Naomi Watts) a la ciudad de Los Ángeles. Ella es una aspirante a actriz que sueña con convertirse en estrella quien temporalmente se hospeda en el departamento de su tía.

Será entonces cuando conoce a Rita (Laura Harring) una mujer con amnesia ocasionada por un accidente ocurrido en Mulholland Drive. Ambas llevarían a cabo una profunda investigación sobre quien es Rita y los motivos por los cuales llegó a la ciudad. 

Debe existir una razón por la cual una película tan abiertamente indescifrable fuera señalada por la BBC como “La película más grande del siglo 21”. Pese a que no es un producto fácil de digerir y aún menos de comprender, Lynch nos transporta en un viaje fascinante en el que, al menos superficialmente, se deja ver como una critica a la industria hollywoodense y una búsqueda profunda de la identidad.

Lynch es un cineasta que sabe como jugar con la expectativa del público, sembrando pistas que pudieran presentar una idea de como la trama podría desarrollarse para finalmente destruir sus escenarios prefabricados y decidir a mitad de la acción que tomará un camino sin relación aparente con el tono de la cinta. 

Desde su estreno, la cinta ha sido señalada como un complejo rompecabeza del cual aún se mantienen discusiones abiertas sobre su cronología y en los cuales se busca descifrar los desencadenantes de su acción. ¿Será acaso un sueño o solo se trata de una trama no lineal? ¿Es un sueño colectivo o solo es producto de la mente de Naomi Watts?

A pesar de la aparente falta de coherencia, el metraje logra presentarse como un micro universo repleto de detalles que, de alguna manera aún desconocida (excepto para Lynch, quizás) logran conectarse entre sí. 

La película también logra presentar una critica profunda al sistema del estrellado en Hollywood y los rostros que lo controlan, comenzando como una representación melodramática y algo cursi de las aspiraciones a la fama, mismo que termina por convertirse en el escenario de una pesadilla de la que uno no logra despertar.

Lynch está consciente de los tropos y escenarios comunes en los que construye las bases de su relato, por lo que decide abrazar el estilo del cine independiente al brindarle una narrativa completamente ajena a la que Hollywood y sus productos prefabricados han acostumbrado a sus audiencias. 

La decisión de centrar la trama en un romance lésbico implica un potencial claramente desperdiciado en el cine comercial de la época en presentar tramas profundas que impliquen a miembros de la comunidad LGBT, y aunque ahora ya contamos con grandes referentes como “Brokeback Mountain” y “Call Me By Your Name”, aun queda mucho terreno por avanzar en ese campo.   

La secuencia en el “Club Silencio” es una que puede encapsular perfectamente el propósito de la película, si es que hubo uno en primer lugar. El maestro de ceremonias advierte a su publico desde el principio que todo lo que se escucha en la sala no es más que una cinta pregrabada, y que los artistas solo realizan mímica con ello. 

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Sin embargo, el amargo cantar de Rebekah del Rio y su interpretación al español de “Sining” de Roy Orbison conmueve a Betty y Ritta al punto de mantenerlas al borde de las lágrimas. El súbito desmayo de la artista y el hecho de que su voz continúa resonando en el escenario comprueban el engaño.

Quizás de eso se trata esta cinta, del mismo modo que cualquier otra película digna de ser recordada. No importa si todo es un engaño o no existe un sentido detrás de lo que vemos. Son las emociones generadas en el espectador lo que en realidad importa, lo que se queda con nosotros al llegar los créditos finales.

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Ramon Flores

Periodista

Licenciado en Ciencias de la Comunicación. Lector aficionado y cinéfilo de tiempo completo. Me uní a la redacción de Tónica en Enero de 2020.

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